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Educación no sexista

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Cuántas veces habéis dicho o escuchado: “¡Yo soy así! ¡No puedo cambiar!”. Sentimos tener que deciros esto, pero es completamente falso. Los seres humanos tenemos una enorme capacidad para reinterpretarnos. Es algo así como decidir qué clase de persona queréis ser y proponéroslo. Los estudios psicológicos están demostrando que tenemos la capacidad de revisar no sólo nuestras creencias y valores, sino también para influir sobre nuestras actitudes. ¿No os ha pasado nunca que después de pasarlo fatal por algo que os ha sucedido, llega un día que os plantáis y decidís estar bien? Entonces os arregláis y salís de casa con fuerza y optimismo.

De la misma forma, podemos cambiar conductas que hacen daño por ser discriminatorias o reforzar esa parte de nuestra personalidad que es estupenda porque se sustenta sobre valores de respeto e igualdad.

Y es que la desigualdad no es innata, no es instintiva ni está inscrita en los genes.

Ni siquiera tiene una lógica biológica. A pesar del empeño constante por demostrar que la subordinación de la mujer al hombre era natural, sabemos que es un producto cultural que se ha ido construyendo durante siglos en todos los pueblos del planeta. Es un sistema de valores y actitudes que llamamos “patriarcado” y que se aprende desde la cuna. ¿Sabíais que los estudios demuestran que las niñas y los niños son acunados, abrazados y cantados de forma diferente?

Recordad que si excluimos la función de la reproducción entre las personas, prácticamente todas las demás actividades de la vida pueden ser realizadas tanto por hombres como por mujeres.

Cuestionar la desigualdad entre los sexos no quiere decir que rechacemos todo lo que somos. No tenemos que tirar nuestra forma de ser por el fregadero ni renunciar a nuestra identidad. Que es la nuestra, la de cada persona, que se construye a lo largo de la vida a partir de sus experiencias y aprendizajes.

El hecho de que exista igualdad entre mujeres y hombres no es lo mismo que ser idénticos.

No tenemos por qué mimetizarnos y renunciar a nuestra forma de ser. Esto es una gran equivocación. Los seres humanos somos diferentes en muchos aspectos. El problema no está en la diferencia que es, en sí, algo natural, sino en la discriminación injusta.

La diferencia hombre-mujer no representa y no debe representar ningún peligro para el pleno desarrollo y la realización de la identidad personal, sino un enriquecimiento al incorporar valores, actitudes y comportamientos que son elementos favorecedores para la convivencia y el desarrollo armónico de las personas y los diferentes grupos sociales. Se traduce, por tanto, en identidades fuertes y seguras que comparten los mismos derechos y obligaciones.

Nos abre un mundo de oportunidades y vivencias que tradicionalmente pertenecían sólo a uno u otro sexo. Igualdad es construir relaciones equitativas entre los dos, con el mismo valor y distintas experiencias y miradas.

Además, la igualdad beneficia al conjunto de la sociedad. La democracia no está completa si sólo participa el 50 por ciento de la población. Es necesario contar con la experiencia, las necesidades, la mirada y la capacidad de las mujeres y de los hombres para que el mundo sea un lugar más justo, solidario, equitativo y humano.

La igualdad no pretende que los sexos sean idénticos y nos comportemos exactamente de la misma manera, sino que respeta nuestra identidad. Si la igualdad nos restituye nuestro valor como mujeres y como hombres, ¿qué es lo que expresa la igualdad?

¿De qué estamos hablando?:

  • De algo tan justo como ser tratados de la misma forma ante la ley.
  • De algo tan importante como poder participar con las mismas oportunidades en todos los ámbitos de la sociedad.
  • De algo tan imprescindible como no temer por nuestra vida ni por nuestra seguridad o la de las personas que queremos.
  • De algo tan fundamental como no sufrir la discriminación o el acoso por cuestión de sexo.
  • De algo tan valioso como sentir la autonomía y la libertad.
  • De algo tan complejo como es construir relaciones basadas en el respeto.
  • De algo tan sensato como compartir derechos y obligaciones en la vida personal, familiar, social y profesional.
  • De algo tan inteligente como es reconocer que mujeres y hombres portamos valores positivos, conocimientos y experiencias que hemos heredado de siglos de historia y que son imprescindibles para el desarrollo de la humanidad.
  • De algo tan interesante como descubrir que podemos reinventarnos y ser todo lo que soñemos sin sentir ningún obstáculo por el hecho de ser hombre o mujer.
  • De algo tan especial como que todo ser humano pueda desarrollar todo su potencial afectivo, intelectual, artístico o físico.
  • Cuando hablamos de igualdad estamos hablando de todo esto. De vivir plenamente reconociendo toda nuestra experiencia, capacidades y valores como mujeres y hombres.




 
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